

Colombia amaneció este lunes con la confirmación de que las disidencias de las FARC, específicamente el Estado Mayor Central, ejecutaron al menos 31 ataques terroristas durante el fin de semana en el suroccidente colombiano. El saldo es devastador: más de 20 muertos, entre ellos víctimas de una bomba detonada en una carretera del Cauca, y al menos 56 heridos. El ministro de Defensa, Pedro Sánchez, reconoció la magnitud de la ofensiva y la calificó como «crímenes de guerra».
Los ataques no fueron aislados ni espontáneos. Se trata de una estrategia deliberada de acción armada coordinada, según el analista Erich Saumeth, para generar saturación mediática, efecto psicológico y demostrar que los grupos narcoterroristas siguen controlando territorio y economías ilícitas. El Cauca, con sus extensos narcocultivos, volvió a ser el epicentro de la violencia en un momento electoral clave, justo antes de la primera vuelta presidencial del 31 de mayo.
Este baño de sangre es la consecuencia previsible y anunciada de la fracasada política de «paz total» de Gustavo Petro. Lejos de desarmar a nadie, la estrategia del gobierno ha dado tiempo, oxígeno y legitimidad a las disidencias para que se fortalezcan, recluten y financien con cocaína. Mientras el Ejecutivo negocia, dialoga y concede, los violentos responden con plomo y explosivos. Iván Mordisco y su EMC no están en proceso de paz; están en proceso de consolidar su poder territorial y enviar un mensaje claro: el Estado está débil y ellos son los que mandan en el suroccidente.
Lo más indignante ocurrió mientras el país contaba sus muertos. El presidente Petro, en lugar de solidarizarse con las víctimas o dar un mensaje de firmeza, publicó en su cuenta de X una foto celebrando su cumpleaños el 19 de abril junto al ministro de Hacienda Germán Ávila y otros amigos, con collares hawaianos y tomando trago. «No estamos solos, nos rodea el amor y la cadena de afectos. Somos un ejército de Quijotes haciendo lo imposible», escribió. El texto, publicado antes de las 10:00 p.m. del sábado, desató una ola de críticas incluso dentro de su propio espectro político.
El candidato Sergio Fajardo fue directo: «Ni una sola palabra de condolencia, ni la más mínima compasión. Ningún rastro de humanidad en sus comportamientos. Recuerde que son víctimas del caos total en el que terminó su paz total. Qué indolencia, qué vergüenza».
Paloma Valencia, candidata del Centro Democrático y oriunda del Cauca, reaccionó con la firmeza que caracteriza su campaña. Desde su departamento, acompañada por el expresidente Álvaro Uribe, prometió: «Aquí tienen a una mujer con carácter que no le va a temblar la mano para doblegar a los violentos. Mi primera acción será militarizar la vía y fortalecer a la Fuerza Pública». Valencia ha sido clara: la «paz total» no es paz, es entrega. Y lo ha pagado con amenazas de muerte, incluyendo el plan del Frente 42 que le puso precio a su cabeza.
El candidato Abelardo de la Espriella fue más duro aún: «Estos no son actos aislados, son parte de un plan de desestabilización del desgobierno de Petro». Iván Cepeda, el candidato del petrismo, se limitó a hablar de «clima de miedo» sin asumir ninguna responsabilidad por la política de su propio gobierno.
La realidad es brutal y ya no se puede ocultar: después de más de tres años de «paz total», las disidencias de las FARC son más fuertes, más ricas y más audaces. El ciclo electoral les da la oportunidad perfecta para mostrar músculo y presionar al Estado. El gobierno Petro, que llegó prometiendo terminar la guerra, ha logrado exactamente lo contrario: más guerra, más muertos y más territorio entregado al narcoterrorismo.
Mientras las Fuerzas Militares persiguen a los responsables, el país exige respuestas. No más diálogos vacíos, no más ceses al fuego unilaterales que solo benefician a los violentos, no más fotos de cumpleaños mientras Colombia sangra. La ciudadanía ya no tolera la desconexión entre el discurso oficial y la realidad de las regiones que sufren el terror diario.
Paloma Valencia tiene razón: llegó la hora de la firmeza. El primer paso para recuperar la paz es recuperar el monopolio de la fuerza del Estado. Todo lo demás ha sido, y sigue siendo, una rendición disfrazada de política de Estado.
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