Un anestesiólogo de 31 años aparece muerto con propofol y fentanilo en Palermo, y la investigación destapa las “Propo Fest”: fiestas clandestinas donde anestesistas del Hospital Italiano y otros centros porteños robaban anestésicos potentes del hospital para drogarse con bombas de infusión y un «ambuceador» listo para reanimarlos. Los señalados: Hernán Boveri y la residente Delfina “Fini” Lanusse.
Lo que comenzó como una muerte solitaria en un departamento de Palermo el 20 de febrero se transformó rápidamente en uno de los escándalos más sórdidos y reveladores de la decadencia moral que ha carcomido a las instituciones argentinas bajo décadas de predominio ideológico de izquierda y kirchnerismo.
Alejandro Zalazar, anestesiólogo de apenas 31 años, fue encontrado sin vida en su departamento con una vía intravenosa aún clavada en el pie y frascos vacíos de propofol y fentanilo a su alrededor. Hasta allí, parecía una tragedia individual de un profesional que sucumbió a las drogas.
Pero en pocas horas el caso explotó en redes sociales y dentro del mundillo médico porteño, revelando una realidad mucho más oscura y colectiva: la existencia de las llamadas «Propo Fest».
Según audios de WhatsApp que circularon velozmente entre médicos, un grupo de anestesistas de distintos hospitales de Buenos Aires, entre ellos el prestigioso Hospital Italiano, organizaban fiestas recreativas en las que robaban propofol y fentanilo de los quirófanos y depósitos hospitalarios para consumirlos con fines lúdicos y altamente peligrosos.
Utilizaban bombas de infusión intravenosa para dosificarse con precisión quirúrgica y contaban con un «ambuceador» designado: una persona encargada de usar el ambú (bolsa de ventilación manual) para reanimar a quien entrara en apnea respiratoria por sobredosis.
Esto no era un consumo ocasional entre amigos; era un ritual organizado, sistemático y criminal que convertía los recursos del sistema de salud público y privado en combustible para la autodestrucción de una élite médica supuestamente progresista.
La investigación judicial apuntó rápidamente a dos figuras del Hospital Italiano: el anestesiólogo de planta Hernán Boveri y la residente de tercer año Delfina «Fini» Lanusse. En cuestión de horas, «Fini» pasó de ser una médica anónima a convertirse en trending topic nacional. Se viralizó un video suyo bajo el irónico título «Trabajo duro», en el que miles de argentinos que jamás habían pisado un quirófano se erigieron en expertos en anestesiología, jueces morales y generadores de contenido. Pero más allá del morbo y la viralidad, el fondo del asunto expone una verdad incómoda sobre la Argentina kirchnerista y de izquierda: la destrucción no solo económica, sino también ética e institucional.
Durante años, los gobiernos peronistas y de izquierda han promovido una narrativa según la cual el sistema de salud público es sagrado, financiado por «el pueblo» y defendido por una clase médica «comprometida socialmente». La realidad que sale a la luz con el «Propo Fest» es diametralmente opuesta. Parte de esa élite médica, formada y protegida bajo el amparo del Estado interventor y del discurso woke-progresista, robaba medicamentos vitales destinados a pacientes que sufren dolores atroces o requieren cirugías complejas, para convertirlos en droga recreativa de lujo en fiestas privadas.
El propofol, conocido como el «leche de la amnesia», y el fentanilo, un opioide letal, no eran usados para salvar vidas, sino para perseguir un éxtasis artificial mientras alguien vigilaba que no murieran en el intento.
Este escándalo no es un caso aislado de «manzanas podridas». Es el fruto podrido de una cultura que la izquierda ha fomentado durante décadas: el relativismo moral, el desprecio por la autoridad y las normas, la idea de que «el fin justifica los medios» y que las instituciones públicas existen para ser saqueadas por quienes se sienten superiores. En un país donde el kirchnerismo y sus aliados han destruido la economía, empobrecido a la clase media y convertido el Estado en una máquina de clientelismo y corrupción, no sorprende que incluso los hospitales terminen convertidos en fuente de suministro para vicios de la casta médica progresista.
El Hospital Italiano, uno de los centros de mayor prestigio de Argentina, queda manchado por esta historia. Que una residente de tercer año y un anestesiólogo de planta estén involucrados habla de una degradación profunda que va más allá de lo individual. Refleja cómo años de ideología socialista, de «derechos» sin responsabilidades y de un discurso que prioriza la «inclusión» y el “cuidado” por encima de la excelencia y la ética profesional, terminan corroyendo incluso las profesiones que exigen mayor rigor y vocación de servicio.
Mientras la Argentina de Milei intenta salir del pozo kirchnerista con medidas de austeridad y desregulación, casos como el «Propo Fest» recuerdan el verdadero costo humano y moral de haber entregado el país durante tanto tiempo a la izquierda.
Médicos que deberían estar salvando vidas robaban anestésicos para drogarse hasta la muerte. Pacientes esperando cirugía veían cómo sus medicamentos desaparecían para alimentar fiestas clandestinas. Y la sociedad, una vez más, descubría que la podredumbre cultural promovida por el progresismo había llegado hasta los quirófanos.
El caso de Alejandro Zalazar, Hernán Boveri y Delfina «Fini» Lanusse no es solo una noticia policial. Es un símbolo doloroso de lo que ocurre cuando una sociedad permite que la ideología de izquierda reemplace los valores de trabajo, responsabilidad, ética y servicio.
En la Argentina post-kirchnerista queda la tarea de reconstruir no solo la economía, sino también la moral pública y profesional que el socialismo destruyó sistemáticamente.