

En un nuevo capítulo de la campaña presidencial que desnuda las profundas diferencias entre la oposición democrática y el continuismo petrista, la candidata del Centro Democrático, Paloma Valencia, expuso sin contemplaciones la cobardía política de su principal contendiente de la izquierda: el senador Iván Cepeda.
Valencia cuestionó duramente la ausencia de Cepeda en los debates y lo acusó de evitar confrontar ideas en espacios abiertos. “Estamos listos para los debates. Esperamos que el senador Cepeda dé la cara. Mientras tanto, seguiré en el Congreso señalando lo que considero errores del Gobierno y cuestionando la «paz total»”, afirmó con la claridad y valentía que la caracterizan.
La senadora fue aún más directa al señalar el posible motivo de la evasiva de Cepeda: “Yo creo que le da miedo, sobre todo porque le toca leer los discursos”. Con esta frase, Valencia no solo cuestionó la preparación y el coraje intelectual del candidato petrista, sino que puso en evidencia una realidad incómoda para la izquierda: Cepeda, como fiel representante del proyecto de Gustavo Petro, tiene muy poco que defender en un debate abierto y honesto.
Porque ¿qué podría argumentar Cepeda en un debate serio sobre la “paz total”? ¿Cómo justificaría el fortalecimiento de las disidencias de las FARC, del ELN y del Clan del Golfo? ¿Cómo explicaría el aumento récord de la producción de cocaína, el deterioro de la seguridad en regiones como el Cauca, Putumayo y Catatumbo, o el retroceso de Colombia en el Índice de Percepción de la Corrupción? ¿Cómo defendería las amenazas de Petro a alcaldes, las investigaciones del Departamento de Justicia de EE.UU. contra el propio presidente por presuntos nexos con el narcotráfico, o las mentiras judicialmente desmontadas sobre fraude electoral?
La “paz total” no es un proyecto de reconciliación nacional. Es una rendición encubierta que ha entregado territorio, recursos y legitimidad a grupos narcoterroristas. Es la misma receta que ha fracasado en toda Latinoamérica cuando la izquierda radical llega al poder: negociar desde la debilidad, estigmatizar a las Fuerzas Armadas, desmantelar las instituciones de seguridad y, al final, cosechar más violencia, más corrupción y más control ilegal sobre la población.
Paloma Valencia, en cambio, representa la opción de quienes todavía creen que Colombia puede recuperarse. Ella y su fórmula vicepresidencial, Juan Daniel Oviedo, han demostrado disposición constante a debatir, a exponer ideas y a someterse al escrutinio público. No le temen a confrontar el fracaso petrista porque tienen argumentos sólidos: seguridad real, defensa de las instituciones, rechazo al narcoterrorismo y una visión de país que prioriza el Estado de derecho sobre el diálogo complaciente con criminales.
La negativa —o la evidente renuencia— de Iván Cepeda a participar en debates no es un detalle menor de campaña. Es un síntoma claro de la debilidad intelectual y moral del proyecto que representa. Cuando un candidato evita los espacios de confrontación democrática, no es por estrategia; es porque sabe que sus ideas no resisten el análisis riguroso. Prefiere leer discursos preparados en círculos cerrados de la izquierda antes que responder preguntas incómodas sobre por qué, bajo su gobierno de referencia, Colombia retrocede en casi todos los indicadores relevantes: corrupción, seguridad, confianza institucional y libertad electoral.
Mientras Valencia sigue en el Congreso cumpliendo su labor de control político y denunciando los errores graves del petrismo, Cepeda se esconde. Esa diferencia de actitud resume la elección que enfrentan los colombianos de cara a 2026: o se elige la valentía de confrontar los problemas de frente, restaurar el orden y recuperar el país, o se opta por la continuación de un proyecto fracasado que prefiere la propaganda y el silencio ante el debate honesto.
Los colombianos que aún valoran la democracia real y rechazan el autoritarismo de izquierda tienen en Paloma Valencia una voz clara y sin miedo. Su disposición a debatir no es solo una estrategia electoral; es una demostración de compromiso con la verdad y con la rendición de cuentas que tanto le falta al petrismo.
Iván Cepeda puede seguir escondiéndose detrás de discursos leídos. La realidad del desastre que deja el gobierno Petro no se oculta tan fácilmente.
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