

Un avión Hércules militar se precipitó a tierra pocos minutos después de despegar desde Puerto Leguízamo, Putumayo, con entre 80 y 120 uniformados del Ejército Nacional. Mientras los restos humean en la selva y los heridos son evacuados de emergencia, el ministro de Defensa Pedro Sánchez se limita a pedir “evitar especulaciones”, en un nuevo episodio que expone el deplorable estado de la aviación militar bajo la administración petrista.
Colombia lamenta una nueva tragedia militar que, lejos de ser un “accidente aislado”, parece ser la consecuencia previsible de años de desmantelamiento sistemático de las Fuerzas Armadas bajo la ideología petrista y su obsesión por deslegitimar al Ejército.
Un avión tipo Hércules de la Fuerza Aérea Colombiana se precipitó violentamente a tierra en la zona de Tagua, Putumayo, apenas minutos después de haber despegado desde Puerto Leguízamo. A bordo viajaban dos pelotones completos del Ejército Nacional, entre 80 y 120 uniformados según fuentes preliminares. Los restos del aparato quedaron esparcidos en la selva, acompañados de una densa columna de humo negro que los habitantes locales observaron con horror mientras se acercaban a prestar ayuda.
Testigos y fuentes militares confirmaron que la aeronave llevaba tropas que se dirigían hacia Bogotá. «Iban dos pelotones del Ejército… el hecho sucedió en Tagua, Putumayo, iban saliendo hacia Bogotá», relató una fuente cercana al operativo. Poco después, el coronel Zambrano reconoció que “hay varios heridos” y que estos estaban siendo evacuados hacia el puesto de salud más cercano, aunque hasta el momento no se ha entregado un balance oficial claro sobre el número exacto de víctimas fatales o lesionados graves.
Este no es un simple fallo mecánico. Es el resultado lógico de una política deliberada de la izquierda colombiana, que desde su llegada al poder ha priorizado el diálogo con narcoterroristas, la reducción del presupuesto militar y la estigmatización constante de las instituciones armadas. Bajo Gustavo Petro y su ministro de Defensa Pedro Sánchez, las Fuerzas Armadas han sido sometidas a un proceso de desgaste presupuestal, recortes en mantenimiento de aeronaves y una presión ideológica que desmoraliza a la tropa y a los oficiales.
El propio ministro Sánchez, en su primera reacción, se limitó a declarar que “se han activado todos los protocolos de atención” y lanzó un llamado preventivo a «evitar especulaciones». El mismo tono evasivo y burocrático que hemos visto una y otra vez cuando se trata de ocultar las consecuencias del desmantelamiento institucional promovido por el petrismo. Mientras los soldados arriesgan su vida en zonas históricamente controladas por las FARC y sus disidencias, el gobierno de izquierda prefiere invertir en «paz total» con criminales antes que garantizar que los aviones que transportan a nuestros héroes estén en condiciones óptimas.
La aviación militar colombiana, que durante décadas fue ejemplo regional de profesionalismo y capacidad operativa, ha sufrido un deterioro alarmante bajo esta administración. Recortes en repuestos, retrasos en contratos de mantenimiento y una visión ideológica que ve al militar como «opresor» en lugar de protector de la soberanía nacional, han creado las condiciones perfectas para tragedias como esta.
La comunidad de la zona, lejos de la retórica oficial, salió a apoyar las labores de rescate, demostrando una vez más el profundo respeto que el pueblo colombiano todavía siente por sus Fuerzas Armadas, a pesar de los esfuerzos del gobierno por erosionar esa relación.
Mientras las autoridades «avanzan en la investigación», como repiten mecánicamente, los colombianos exigen respuestas concretas: ¿Cuánto tiempo llevaba esa aeronave sin el mantenimiento adecuado? ¿Cuántos recursos se desviaron hacia programas sociales clientelistas en lugar de fortalecer la defensa nacional? ¿Hasta cuándo seguiremos viendo caer aviones y morir o herir soldados por culpa de una ideología que prioriza a los enemigos de Colombia sobre sus defensores?
Esta tragedia en Putumayo no es solo un accidente. Es un símbolo doloroso del costo humano que está pagando Colombia por haber entregado el poder a una izquierda radical que nunca ha ocultado su desprecio histórico por las instituciones militares.
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