

Petro pasó de llamar dictador a Maduro a dudar si es narcotraficante, en un giro diplomático que expone incoherencia y sumisión ideológica.
La política exterior del Gobierno Petro atraviesa uno de sus momentos más vergonzosos. En medio de la comparecencia de Nicolás Maduro ante la justicia de Estados Unidos por cargos de narcoterrorismo e importación de cocaína, el presidente colombiano optó por la ambigüedad, afirmando que no sabe si el líder del régimen venezolano es “bueno o malo” ni si tiene vínculos con el narcotráfico. Una postura que no solo desconoce el contexto internacional, sino que contradice de manera directa sus propias palabras del pasado.
A través de un mensaje publicado en su cuenta de X, Petro aseguró que en los archivos judiciales colombianos no figuran pruebas contra Maduro ni contra su esposa, Cilia Flores, y descalificó las denuncias señalando que provienen de sectores de la oposición venezolana. En el mismo mensaje, lanzó una crítica directa al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, pidiéndole no ver narcotraficantes donde, según él, solo hay “guerreros por la democracia y la libertad”. El lenguaje no es casual: reproduce el libreto clásico del socialismo latinoamericano que victimiza a regímenes autoritarios y descalifica cualquier señalamiento como persecución política.
Lo llamativo es que, apenas meses atrás, el propio Petro había reconocido el carácter dictatorial del régimen chavista. En diciembre del año pasado, afirmó públicamente que se llama dictador a quien concentra poderes y se roba elecciones, una referencia directa a Maduro. Esa afirmación surgió tras cuestionamientos sobre el fraude electoral en Venezuela, dejando claro que el mandatario colombiano sí entendía —al menos entonces— la naturaleza autoritaria del régimen que hoy relativiza.
La contradicción se agrava si se recuerda que en octubre de 2024 Petro aseguró que no defendía a Maduro. En ese momento intentó ubicarse en una falsa neutralidad, asegurando que Colombia no respaldaría invasiones extranjeras, pero tampoco justificó al chavismo. Hoy, esa postura se diluye frente a un discurso que minimiza acusaciones por narcotráfico y desacredita a quienes denuncian al régimen venezolano.
Este giro no es aislado. Hace parte de una constante en el Gobierno Petro: la indulgencia con regímenes socialistas, la hostilidad hacia aliados democráticos y una narrativa ideológica que antepone afinidades políticas sobre los principios democráticos. Mientras Maduro enfrenta a la justicia internacional, Petro prefiere sembrar dudas, atacar a la oposición venezolana y refugiarse en un discurso que deja a Colombia mal parada en el escenario global.
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