

Senador Wilson Arias, crítico de bombardeos con menores bajo Duque, defiende ahora operaciones de Petro que mataron 15 niños: hipocresía petrista expuesta
La política colombiana, ese teatro del absurdo donde los principios se venden al mejor postor, ha encontrado en Wilson Arias un protagonista involuntario de su farsa más grotesca. El senador del Pacto Histórico, que en la oposición erigía barricadas morales contra bombardeos que mataban niños, hoy aplaude operaciones que dejan fosas infantiles bajo el mandato de su benefactor Gustavo Petro. Es la doble moral hecha carne: ayer, cada menor abatido era un «crimen de guerra» que merecía mociones de censura; hoy, son «combatientes en activo» que merecen ser «neutralizados». No es evolución ideológica; es oportunismo crónico, alimentado por el exceso de mermelada petrista que engorda carteras y adelgaza espinas dorsales.
Retrocedamos a 2019, cuando Iván Duque ordenó un bombardeo en San Vicente del Caguán, Caquetá, contra disidencias de las FARC. Ocho menores –de 12 a 17 años, reclutados forzosamente– murieron en el ataque. Arias, entonces un congresista opositor con lengua viperina, no se quedó en tuits tibios: exigió «responsabilidades penales inmediatas» y tildó la operación de «infanticidio sistemático». En plenarias y columnas, clamaba por el Derecho Internacional Humanitario (DIH), argumentando que el Estado debía priorizar rescates sobre explosiones. Su voz resonaba en debates que costaron la cabeza al ministro Guillermo Botero, forzado a renunciar ante el escándalo. Arias, en una entrevista con El Espectador, fue tajante: «Bombardear niños es un crimen contra la humanidad; Duque debe responder ante la CPI».
Avancemos a 2021, pico de la indignación petrista. Un ataque en Caquetá dejó tres adolescentes muertos, y otro en Litoral de San Juan (Chocó) cobró cuatro más –todos entre 13 y 17 años–. Arias, ya senador, lideró la moción de censura contra Diego Molano, ministro de Defensa de Duque. En la plenaria del 24 de mayo, proyectó videos de abusos y arengó: «El Estado tiene obligación de proteger a los niños, incluso en operaciones militares. ¿Dónde está el DIH?». Junto a Iván Cepeda y Antonio Sanguino, Arias impulsó la interpelación que puso a Molano contra las cuerdas, calificando los bombardeos como «práctica sistemática de violación a derechos humanos». La moción no prosperó, pero Arias salió como héroe de la izquierda: en Facebook, su video de la sesión acumuló 120.000 vistas, con comentarios que lo tildaban de «defensor de la infancia».
Saltemos a 2025, y el guion se tuerce en parodia. Bajo Petro, la «paz total» –que juraba diálogos sin balas– ha reavivado bombardeos contra las disidencias de Iván Mordisco, con un saldo macabro: al menos 15 menores muertos en Guaviare, Amazonas y Arauca, según Medicina Legal. El más brutal: el 10 de noviembre en Calamar (Guaviare), siete adolescentes (cuatro niñas) abatidos junto a 13 adultos. Cuatro más en Puerto Santander (Amazonas) el 1 de octubre; uno en Puerto Rondón (Arauca) el 13 de noviembre; tres en combates en El Retorno (Guaviare) el 26 de agosto. Petro, en X, los llamó «menores combatientes» y justificó las acciones como «riesgos calculados» para proteger soldados. La Defensoría del Pueblo exigió suspensiones; la ONU, respeto al DIH; la Procuraduría, indagaciones.
¿Y Arias? El mismo que en 2021 pedía la cabeza de Molano por siete niños, ahora celebra las «neutralizaciones» como «avances contra el terror». En un trino del 15 de noviembre, escribió: «Respaldo la posición de la Defensoría sobre el reclutamiento, pero reafirmo: pocas veces había jugado un papel tan reaccionario la insurgencia». No menciona las tumbas; minimiza a los menores como «máquinas de guerra». En una entrevista con Caracol Radio el 18 de noviembre, evadió preguntas directas: «Son combatientes en activo, no campamentos dormidos». Cuando Daniel Maldonado, activista, lo confrontó en vivo el 21 de noviembre –»¿Dónde está su indignación por los 15 niños?»–, Arias balbuceó: «Pida cita para responder». El video viralizó: 120.000 vistas en horas, con memes que lo tildan de «hipócrita mermelero».
Esta volteada no es aislada; es el ADN del petrismo en poder. Arias, que en 2021 argumentaba «el Estado no bombardea niños», hoy justifica 15 bajas como «daños inevitables» en la «lucha contra Mordisco». Ignora que el 40% de sus filas son menores forzados, según la JEP, ni las 578 alertas de reclutamiento en 18 meses. Petro, que en 2021 tuiteó «bombardear niños es infanticidio», ahora asume «decisiones riesgosas». Arias, su eco fiel, pasa de censor a coro. El debilitamiento por mermelada –cargos, presupuestos, impunidad– es evidente: el senador, que censuró a Molano, guarda silencio ante la moción contra Pedro Sánchez. ¿Hipocresía o supervivencia? Ambas: en un Pacto Histórico que reparte favores por lealtad, cuestionar al jefe es suicidio.
El costo es inmenso. Guaviare, con sus siete tumbas del 10 de noviembre, no olvida: indígenas entierran hijos reclutados, mientras Arias celebra «éxitos tácticos». Amazonas y Arauca suman 15 nombres que el senador ignora. La Defensoría clama por suspensiones; la ONU, por DIH estricto. Pero Arias, empachado en petrismo, prefiere narrativas de «combatientes» a la verdad de niños forzados. Esta doble moral carcome la democracia: ayer, opositores eran genocidas; hoy, aliados infalibles. Colombia, harta de tumbas y traiciones, merece coherencia, no contorsionismos.
Wilson Arias, de crítico a coro, encarna lo peor: principios de ocasión, lealtad mercantil. Que su silencio pese como la mermelada que lo endulza. En Guaviare no hay eslóganes que resuciten niños.
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