

Felipe Zuleta: Petro es el más corrupto, mitómano y ególatra.
Felipe Zuleta Lleras, el periodista colombiano conocido por su lengua afilada y su desdén por las hipocresías del poder, no midió palabras en una entrevista reciente con la revista Semana que se publicó el 15 de noviembre de 2025. En un diálogo con el editor político Diego Bonilla, Zuleta desgranó su visión del gobierno de Gustavo Petro, al que etiquetó sin titubeos como “el más corrupto en la historia reciente de Colombia”. No fue un exabrupto aislado; fue el arranque de una crítica demoledora que pintó al presidente como un líder desconectado, caprichoso y destructivo, cuya gestión ha convertido la Casa de Nariño en un circo de negligencias y desorden.
Zuleta, con esa ironía que le ha ganado tanto admiradores como enemigos, explicó que la elección de Petro en 2022 no fue un triunfo de ideas, sino el resultado de la “negligencia de la clase dirigente”, que falló en ofrecer una alternativa creíble a un electorado harto de lo mismo. “Petro no gobierna, no se comunica con sus ministros ni consejeros”, soltó, describiendo una administración donde el presidente impone su agenda a golpe de “verdades, mentiras y locuras”, cambiando de personaje como un actor en decadencia. Lo pintó como mitómano, egocéntrico, megalómano y, sobre todo, un mal gobernante, aunque concedió un guiño a regañadientes: “es un gran comunicador”. Esa cita, que se viralizó en redes como un meme acusador, encapsula la paradoja de un hombre que domina los micrófonos pero tropieza con la realidad cotidiana.
La crítica no se detuvo en lo personal; Zuleta extendió su bisturí a la primera dama, Verónica Alcocer, a quien implicó en un rol que roza lo turbio, aunque sin detalles explícitos en la charla, dejando entrever influencias que desvían al gobierno de sus deberes. Pero el grueso del fuego apuntó a la corrupción sistémica: un gobierno que, según el analista, ha normalizado el saqueo y la ineficiencia, donde los escándalos brotan como maleza en un jardín descuidado. Zuleta no citó casos específicos –eso lo dejó para los investigadores–, pero su afirmación de que este es “el más corrupto” resuena en un país donde los titulares de malversación ya son rutina, un eco de administraciones pasadas que Petro juró reformar pero que, en su visión, ha empeorado.
En el terreno de la seguridad, Zuleta fue implacable. Afirmó que Petro “debilitó de manera determinante a las Fuerzas Militares” y favoreció a los “grupos al margen de la ley”, lo que ha provocado un retroceso de 35 años en el control territorial. Desgranó cómo esta política ha empoderado a criminales que ahora presionan votantes en regiones olvidadas, un escenario que, para él, amenaza las elecciones de 2026 con interferencias que van desde la compra de sufragios hasta amenazas directas. “Petro sepultó a la izquierda por un largo tiempo”, sentenció, aunque advirtió que el petrismo aún maneja “millones de seguidores” y un arsenal de recursos –pese al déficit fiscal– para “comprar votos y hacer marrullas”. Es el cinismo de un sistema donde la plata pública se convierte en munición electoral, y Zuleta lo expuso sin filtros, recordando que los colombianos votarán “emberracados” de un lado o del otro.
Sobre las elecciones legislativas y presidenciales de 2026, Zuleta vislumbró un panorama polarizado donde la izquierda podría imponerse si la derecha y el centro no forjan alianzas. Predijo una segunda vuelta entre Iván Cepeda, el senador petrista que encarna la continuidad del cambio, y Abelardo de la Espriella, el abogado carismático que podría aglutinar a los conservadores. “Si no llegan unidos se mete la izquierda”, insistió, criticando el ego de figuras como Sergio Fajardo, cuya vanidad –“para oírse y verse en el espejo”– lo condenó en 2018 y podría repetirse. Zuleta descartó a Germán Vargas Lleras por problemas de salud, y vio en el centro un vacío que, sin coaliciones, entregaría el poder a Cepeda. Pero detrás de esta proyección yace una preocupación mayor: la influencia de grupos ilegales, fortalecidos por el actual gobierno, que podrían inclinar la balanza en zonas rurales y urbanas marginadas.
No conforme con el presente, Zuleta retrocedió al Acuerdo de Paz de 2016, al que acusó de ser una estafa nacional orquestada por Juan Manuel Santos. “Santos le debe una explicación al país”, lanzó, argumentando que el nobel de la paz engañó a la nación con promesas de redención que terminaron en empoderamiento guerrillero y abandono de víctimas. Para Zuleta, ese pacto no pacificó; sembró semillas de caos que Petro ha regado con su propia mano blanda. Es una crítica que desentierra heridas abiertas, donde la transición de las FARC a partidos políticos se ve no como logro, sino como capitulación que ha costado vidas y soberanía.
Y en el centro de todo, el retrato de Petro como “el tipo más odiado del país”. Zuleta no lo dijo por saña gratuita; lo enmarcó como un legado inevitable, una figura cuya toxicidad eclipsará generaciones futuras. “No le alcanzará el mundo para esconderse”, profetizó, aludiendo a un posgobierno de juicios y recriminaciones. En un país donde los líderes caen en desgracia pero rara vez rinden cuentas, esta sentencia adquiere peso: Petro, el comunicador que hipnotizó multitudes, se ha convertido en el villano de su propia epopeya, un ególatra cuya “hijueputez no tiene cura”, como Zuleta lo resumió en un aparte que ya circula como epitafio.
Esta entrevista, que desató tendencias en redes y debates en tertulias bogotanas, no es solo un desahogo; es un espejo cruel para una Colombia que, tres años después de 2022, lidia con inflación galopante, inseguridad rampante y divisiones que sangran. Zuleta, con su estilo que mezcla erudición y visceralidad, obliga a confrontar lo que muchos susurran: un gobierno que prometió transformación pero entregó desilusión. Petro, el más odiado, no por sus ideas sino por su ejecución caótica, deja un vacío que 2026 llenará con venganzas electorales. Si la derecha y el centro no despiertan de su letargo, el ciclo se repetirá, y el país, una vez más, pagará el precio de la fragmentación.
Pero Zuleta no termina en fatalismo. En su charla, insinuó que Colombia “necesitaba a Petro para darse cuenta del desastre que es la izquierda en el poder”, una lección amarga que podría forjar una oposición más astuta. Aun así, su tono –ese de quien ha visto caer imperios políticos– advierte que el daño ya está hecho: un presidente que no consulta, que cambia de máscara, que prioriza su ego sobre la nación. La fiscal Luz Adriana Camargo tampoco se salvó; Zuleta la tildó de errática por su mutismo mediático, un error que, en su visión, debilita la justicia cuando más se necesita.
En última instancia, las palabras de Zuleta en Semana no son profecía ni panfleto; son disección de un poder que se desmorona por dentro. Petro, el más odiado, encarna el fracaso de una utopía mal ejecutada, donde la corrupción no es anomalía sino método, y la seguridad, un recuerdo lejano. Para 2026, el electorado emberracado decidirá si sepultar este capítulo o prolongarlo. Zuleta, con su retracto implacable, solo acelera el juicio que la historia ya emite.
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