

Un artículo firmado por Ana Bejarano revive el caso DMG para atacar políticamente a Abelardo de la Espriella, en un contexto electoral donde el abogado aparece como favorito presidencial y blanco recurrente de sectores cercanos al gobierno Petro.
El artículo firmado por Ana Bejarano Ricaurte y difundido en un medio afín a la izquierda y al gobierno de Gustavo Petro no puede leerse fuera del contexto político en el que aparece. A puertas de una campaña presidencial marcada por la polarización y con Abelardo de la Espriella consolidándose como uno de los candidatos con mayor reconocimiento y crecimiento en la derecha colombiana, el texto recurre a un episodio de hace más de quince años para intentar construir un relato de deslegitimación política.
La columna utiliza como punto de partida un pódcast sobre DMG para volver a instalar la idea de una supuesta responsabilidad moral y política de De la Espriella en uno de los escándalos financieros más complejos del país. Sin embargo, el texto omite un elemento central: el rol de Abelardo fue estrictamente jurídico, limitado en el tiempo, y terminó con una renuncia pública cuando el proceso ya estaba bajo control de las autoridades judiciales. Ninguna investigación penal derivó en cargos contra él, ni entonces ni después, pese a la enorme exposición mediática del caso.
Bejarano presenta la defensa jurídica como si se tratara de una adhesión ideológica o moral al esquema DMG, una operación discursiva que confunde deliberadamente la función del abogado con la conducta de su cliente. Esta estrategia no es nueva: busca trasladar la responsabilidad de una estructura criminal a quien ejerció, por un breve periodo, el derecho a la defensa técnica, principio básico del Estado de derecho que sectores progresistas suelen defender… salvo cuando el abogado no es políticamente conveniente.
El texto insiste en episodios ya ventilados públicamente hace más de una década, reinterpretándolos desde una óptica moralizante y retrospectiva, sin aportar hechos nuevos ni decisiones judiciales que respalden las insinuaciones. Se construye así una narrativa basada en sospechas, ironías y asociaciones, no en sentencias ni pruebas. Incluso declaraciones posteriores de David Murcia Guzmán —un condenado por fraude— son utilizadas como si tuvieran valor probatorio, pese a provenir de una persona con interés directo en desacreditar a terceros.
Más allá del caso DMG, la columna da un giro explícitamente político cuando presenta a Abelardo de la Espriella como un personaje que hoy representaría una amenaza para el proyecto ideológico del petrismo. El texto abandona cualquier pretensión de análisis histórico y entra en el terreno de la confrontación electoral, al equiparar esquemas de estafa con propuestas políticas contemporáneas, sin demostrar vínculo alguno entre ambos planos.
Resulta llamativo que el artículo concluya denunciando supuestas intimidaciones, bots y violencia política, mientras el propio texto incurre en una forma de violencia simbólica: revivir un expediente cerrado para erosionar reputaciones en plena antesala electoral. No se trata de un ejercicio de memoria crítica, sino de una táctica conocida en escenarios de alta polarización: desenterrar fantasmas del pasado para contaminar el debate democrático cuando un candidato emerge con fuerza fuera del espectro ideológico del gobierno.
El trasfondo del artículo es claro. No busca esclarecer hechos ni aportar a la comprensión histórica de DMG, sino intervenir en el escenario político actual, debilitando a un candidato de derecha que no solo desafía al petrismo, sino que ha denunciado abiertamente prácticas de intimidación política, uso del aparato judicial como arma y campañas de estigmatización desde sectores afines al poder.
En ese sentido, el texto de Bejarano se inscribe más en la lógica de la propaganda política que en la del periodismo de investigación. Su objetivo no es informar, sino instalar dudas, asociar culpas y condicionar la percepción pública de un candidato que hoy lidera encuestas y conversación política rumbo a 2026. El lector, más que enfrentarse a una revelación, asiste a un intento de ajuste de cuentas ideológico en clave electoral.
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