

Expertos advierten que, bajo la política de “paz total”, el ELN se fortaleció territorial, militar y financieramente, consolidándose como una de las organizaciones criminales más prósperas del país.
El Ejército de Liberación Nacional (ELN) cerró el 2025 en una posición que hace apenas veinte años parecía impensable: fortalecido, expandido y con una salud financiera sólida. Para expertos en conflicto armado y criminología, este resultado no es casual ni fortuito, sino consecuencia directa de la política de “paz total” impulsada por el Gobierno del presidente Gustavo Petro, que terminó convirtiéndose en un escenario de ventaja estratégica para la guerrilla.
Durante la campaña presidencial, Petro prometió que lograría la paz con el ELN en cuestión de meses. Sin embargo, no solo incumplió esa promesa, sino que al finalizar 2025 la organización insurgente es más poderosa que al inicio de su mandato. Así lo expone el PhD en Criminología Jorge Mantilla, quien en un análisis académico publicado en La Silla Vacía sostiene que el Gobierno, en la práctica, terminó “premiando” al ELN mientras este continuaba con sus actividades criminales en pleno proceso de negociación.
Mantilla explica que, pese a algunos golpes aislados contra el lavado de activos y procesos de extinción de dominio, el ELN logró preservar un andamiaje financiero robusto. En sus palabras, la guerrilla mantuvo una “salud financiera inmejorable” que le permitió sostener operaciones armadas, expandirse territorialmente y consolidar economías ilegales como la minería ilegal, la extorsión y el narcotráfico.
Hace dos décadas, el ELN atravesaba uno de los momentos más críticos de su historia. Sus estructuras habían sido golpeadas por el paramilitarismo, sus células urbanas eran escasas y poco operativas, y sus principales mandos estaban replegados en zonas marginales como la Serranía de San Lucas, el Catatumbo y corredores fronterizos con Venezuela. En ese contexto, resultaba difícil imaginar que la organización pudiera llegar al nivel de influencia que hoy ostenta.
El punto de inflexión se dio en 2006, durante el cuarto Congreso del ELN, cuando la organización decidió priorizar la “lucha de masas” urbana y reorganizar su estructura bajo un modelo más flexible. Desde entonces, la guerrilla aprendió a adaptarse a las dinámicas regionales y a diversificar sus fuentes de financiamiento, una lección que se profundizó tras la desmovilización de las FARC en 2016.
Según Mantilla, el ELN actual no es una organización homogénea, sino un entramado de estructuras con altos niveles de autonomía regional. “Hoy hay distintos ELN”, señala el experto, lo que dificulta cualquier negociación real y permite que mientras una parte conversa, otras continúen ejecutando acciones armadas y expandiendo economías ilegales. Esta fragmentación, lejos de debilitar al grupo, se convirtió en una de sus principales fortalezas.
El diagnóstico académico coincide con el Balance de Grupos Armados 2025 de la Fundación Paz y Reconciliación (Pares), que ubica al ELN como uno de los actores con mayor “capital armado” del país. A mayo de 2025, Pares estima que la organización cuenta con entre 2.300 y 2.800 combatientes y presencia en al menos 150 municipios, con un Índice de Capital Armado de 7,3 sobre 10, uno de los más altos entre los grupos armados activos.
El informe señala que el crecimiento del ELN tiene raíces estructurales y está directamente relacionado con el aprovechamiento del vacío territorial dejado por las FARC tras el acuerdo de paz. Entre 2019 y 2024, el ELN pasó de operar en 193 municipios a alcanzar presencia en 231, con ajustes posteriores derivados de disputas internas y confrontaciones con otros grupos armados.
La estructura confederada del ELN, integrada por ocho frentes de guerra y cerca de cuarenta subestructuras, le otorgó autonomía operativa y financiera a los mandos regionales. Esta configuración le permitió resistir ofensivas estatales, adaptarse a conflictos locales y consolidar una “hibridación económica” basada en coca, minería ilegal y control territorial, especialmente en regiones estratégicas como el Catatumbo, el Pacífico y la frontera con Venezuela.
Así, el cierre de 2025 deja a un ELN fortalecido en lo territorial, militar y organizativo, en un escenario donde la política de “paz total” no logró frenar su expansión ni reducir su capacidad de control armado. Para analistas, más que un repunte coyuntural, se trata de la consolidación de una organización que, bajo la permisividad estatal, se convirtió en uno de los actores centrales del actual ciclo de violencia en Colombia.
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