

Tras su polémica salida de la Cancillería, la exfuncionaria de confianza de Gustavo Petro aterrizará en Londres como embajadora, en un movimiento que revela las tensiones internas del Gobierno y sus jugadas políticas.
La apuesta diplomática del Gobierno Petro para Londres ya tiene nombre: Laura Sarabia. Este viernes se confirmó oficialmente que la exministra de Relaciones Exteriores será la nueva embajadora de Colombia ante el Reino Unido, tras recibir el beneplácito británico. Con ello, se despeja la duda que surgió desde su intempestiva renuncia a la Cancillería hace más de dos meses, cuando la controversia por la prórroga del contrato de pasaportes con Thomas Greg & Sons terminó en una crisis política dentro de la Casa de Nariño.
El nombramiento de Sarabia, que en un inicio había sido descartado por ella misma, finalmente fue colgado en la plataforma presidencial de aspirantes y confirmado por el Ejecutivo. Se prevé que asuma en propiedad a finales de septiembre, luego de que el Reino Unido aceptara su llegada. La noticia marca un regreso inesperado para quien fue una de las funcionarias más influyentes del círculo cercano de Gustavo Petro, con una carrera meteórica en menos de tres años de gobierno.
El episodio de su salida aún está fresco en la memoria política del país. El 3 de julio, Sarabia presentó su carta de renuncia, argumentando que “en los últimos días se han tomado decisiones que no comparto y que, por coherencia personal y respeto institucional, no puedo acompañar”. Esta declaración dejaba entrever tensiones con la Presidencia y un distanciamiento respecto a las directrices del mandatario, luego de que Alfredo Saade, jefe de despacho presidencial, la desautorizara públicamente por el manejo del contrato de pasaportes.
Aquel pulso terminó con un desenlace contradictorio: el Gobierno anunció en su momento que fabricaría los pasaportes a través de la Imprenta Nacional en asocio con Portugal, pero finalmente prorrogó el contrato con Thomas Greg mientras culmina la etapa de preparación. La contradicción costó a Sarabia la Cancillería, pero hoy su reaparición en un cargo diplomático estratégico reaviva las suspicacias sobre el verdadero alcance de las pugnas dentro del gabinete.
“No se trata de diferencias menores ni de quién tenga la razón. Se trata de un rumbo que, con todo el afecto y respeto que le tengo, ya no me es posible ejecutar”, escribió Sarabia en su carta de renuncia.
En su paso por el Gobierno Petro, la nueva embajadora ocupó múltiples posiciones: jefa de despacho presidencial, jefa de gabinete, directora del Departamento Administrativo de la Presidencia (Dapre), directora del Departamento de Prosperidad Social (DPS) y finalmente ministra de Relaciones Exteriores. Su nombramiento en Londres deja claro que, a pesar de las fracturas visibles, mantiene un nivel de confianza y cercanía con el presidente que la blinda frente a la turbulencia política.
Ahora, el reto de Sarabia será proyectar la política exterior colombiana en una de las capitales más influyentes del mundo, en un momento en el que las relaciones con Europa requieren solidez frente a temas como el cambio climático, el narcotráfico y la cooperación comercial. La incógnita es si su nuevo rol servirá para recomponer la imagen de una funcionaria marcada por la controversia, o si se convertirá en otro episodio de la narrativa de improvisación que persigue al actual gobierno.
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