

Alejandro Ocampo, del Pacto Histórico, convirtió un debate en Revista Semana en una merienda en vivo, masticando no solo su comida, sino el respeto por la audiencia.
En Colombia, donde la política es un circo de tres pistas, Alejandro Ocampo, representante por el Valle del Cauca y figura del Pacto Histórico, añadió un nuevo acto a su repertorio el 8 de junio de 2023. Invitado a un debate en Revista Semana al mediodía, Ocampo decidió que la hora del almuerzo era más sagrada que la decencia. Frente a las cámaras, en una transmisión en vivo, el congresista devoró su comida mientras discutía, sin un atisbo de vergüenza ni una disculpa. Los televidentes, atónitos, pasaron del análisis político a la crítica gastronómica, y las redes sociales, siempre listas para el linchamiento, estallaron en indignación. ¿Qué clase de representante es este que mastica en público lo que debería ser un debate serio?
La escena, digna de una comedia de bajo presupuesto, no fue un accidente. Ocampo, conocido por su lengua afilada y sus encontronazos con figuras como Paloma Valencia o Miguel Polo Polo, no se excusó ni ante los reclamos de sus propios seguidores. “Es entendible su condición médica, pero debió posponer la entrevista”, escribió una usuaria en X, reflejando el sentir de muchos. Alguien confirmó que Ocampo sufre de hipoglucemia, lo que lo obliga a comer con frecuencia, pero ni siquiera esta explicación calmó a una audiencia que vio en su actitud una falta de respeto hacia los periodistas, su contraparte —Andrés Forero, del Centro Democrático— y los colombianos que esperaban un debate, no un espectáculo de mesa.
Este no es el primer escándalo de Ocampo. Su historial incluye un video viral ofreciendo un vibrador a Miguel Polo Polo, acusaciones contra el abuelo de Paloma Valencia y un “error” al firmar una moción de censura contra el ministro de Salud, Guillermo Jaramillo, que luego intentó retractar. Pero comer en vivo, con la cámara como testigo, lleva su imprudencia a un nuevo nivel. En un país donde la imagen de los congresistas ya está por el suelo —con un 78% de desaprobación según Invamer —, gestos como este no son solo una anécdota: son una bofetada a la poca confianza que queda en la política. Ocampo, con su tenedor en mano, no solo almorzó; devoró cualquier pretensión de profesionalismo que pudiera tener.
¿Qué dice este episodio del Pacto Histórico? La coalición de Gustavo Petro, que llegó al poder prometiendo un cambio, parece atrapada en las mismas trampas de la política tradicional: escándalos, imprudencias y una desconexión con la ciudadanía. Ocampo, en lugar de disculparse, optó por el silencio, dejando que las críticas se acumulen como migajas en su mesa. Mientras Colombia enfrenta crisis más graves, un congresista que come en vivo no es solo una anécdota divertida; es un recordatorio de que, en el Congreso, el hambre de poder a veces supera al sentido común. Y en ese banquete, los ciudadanos somos los que pagamos la cuenta.
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