

Después de un Funeral histórico que sacudió al Vaticano, la sucesión genera tensiones
El 21 de abril de 2025, el Papa Francisco cerró los ojos por última vez, víctima de complicaciones respiratorias que lo aquejaban desde meses atrás. Su muerte puso fin a un pontificado de 12 años que comenzó el 13 de marzo de 2013, cuando Jorge Mario Bergoglio, un jesuita argentino, fue elegido como el primer Papa latinoamericano. Desde entonces, su liderazgo estuvo marcado por gestos de humildad—como rechazar los lujos papales—y por una crítica feroz a las élites globales, lo que le ganó tanto devotos como enemigos. Su funeral, celebrado el 26 de abril en la Plaza de San Pedro, fue un espectáculo de masas: 200,000 personas y 130 delegaciones estatales se reunieron para despedirlo, en un evento que expuso tanto la adoración como las fisuras dentro de la Iglesia.
La cronología de los hechos es reveladora. Tras su fallecimiento, el Vaticano entró en un período de luto oficial de nueve días, conocido como Novendiales. El 26 de abril, la ceremonia fúnebre, presidida por el cardenal Pietro Parolin, mostró al mundo una Iglesia en transición. El cuerpo de Francisco fue trasladado en un cortejo solemne a la Basílica de Santa María la Mayor, donde fue enterrado según su voluntad explícita. Esta decisión, vinculada a su devoción por la Virgen ‘Salus Populi Romani’, no solo reflejó su fe personal, sino que también envió un mensaje: Francisco quiso alejarse de las tradiciones opulentas de San Pedro y acercarse al pueblo. Ese día, las calles de Roma se llenaron de cánticos, lágrimas y pancartas que lo llamaban «el Papa de los pobres».
Ahora, el foco está en el cónclave, programado para el 7 de mayo de 2025. Los cardenales, encerrados en la Capilla Sixtina, enfrentarán una tarea titánica: elegir a un sucesor en un momento de polarización. Francisco dejó una Iglesia que abrazó temas como la justicia climática y la migración, pero también una institución dividida entre progresistas y conservadores. Figuras como el cardenal Parolin, cercano a Francisco, y el cardenal Gerhard Müller, crítico de su apertura, representan las tensiones que definirán esta elección. La duración del cónclave es incierta, pero el humo blanco que anuncie al nuevo Papa será seguido por millones con ansiedad y escepticismo.
El legado de Francisco es un campo de batalla. Para algunos, fue un reformador valiente que desafió a los poderes fácticos dentro y fuera del Vaticano; para otros, un populista que debilitó la doctrina católica. Sus palabras sobre la inclusión de la comunidad LGBTQ+ y su encíclica Laudato Si’ resonaron globalmente, pero también alimentaron una resistencia interna que ahora busca recuperar el control. Mientras el mundo observa, el cónclave no solo elegirá un líder, sino que determinará si la Iglesia avanza hacia el futuro o regresa a su pasado.
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